El ánimo normal de un estudiante y más en sus primeros días de escuela, es una ensalada de emociones, miedos y esperanzas, circunstancia que no se deslinda de cualquier estudiante aunque éste cuente con dos maestrías o tres doctorados, lo que si es un hecho es que probablemente la intensidad de esa ensalada de sentimiento cada vez le sepa mas desbridada.
En el caso de estudiar una maestría en políticas públicas, infiere sin lugar a dudas una expectativa mayor y más si se vive en un país como el nuestro, donde las decisiones del gobierno cada vez parecen más erróneas y en algunas ocasiones donosas al grado de la carcajada.
Sin embargo, estudiantes como nosotros ingresamos a una maestría de ésta naturaleza con varios objetivos ya sea personales o profesionales o simplemente por tener algo que hacer los sábados en la mañana, pero lo que no me cabe duda después de convivir con mis compañeros por casi dos meses, es que en el fondo todos tenemos un hambre, no sólo de aprender sino también de tratar de encontrar en lo mas recóndito de los tratados de Parsons, Weber o Krugman, una salida, una solución a tantos problemas económicos, sociales y de seguridad que aquejan a nuestro amado país.
Pero desgraciadamente nos topamos con un muro, el primero de ellos representado por la humildad, al percatarnos que existen mil ideologías, ocho mil pensadores, quince mil escritores y trescientos mil aficionados como nosotros que han tratado por siglos el componer el rumbo y encontrar a la administración pública perfecta, y que a pesar de esos esfuerzos en lugar de llegar a una verdad absoluta, nos encontramos de que no hay sistema infalible y como dice La Ley de Murphy: si puede fallar, fallará.
Hay otros muros que las mismas circunstancias actuales del sistema del Estado nos imprimen, de que sirve que ideemos la mejor de las reformas fiscales de la historia, si su implementación y aplicación es casi imposible, por el simple hecho que no contamos con un escaño en el “Honorable” Congreso de la Unión.
Aun así compañeros, no nos desanimemos y hagamos el mejor de nuestros esfuerzos para crear una veintena de mejores servidores públicos, lo cual aunque se oye poco, es un gran avance y como dice John Lennon en su rola imagine, esperemos que algún día otros se nos unan.
Y al mismo tiempo hagamos un acto de fe, probablemente alguno de nosotros en un par de sexenios si consigamos ese escaño por azares del destino y quizá ese diputado, haga la diferencia en honor a nuestra generación de beligerantes por un mejor gobierno.
viernes, 19 de febrero de 2010
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Tengo miedo de comer una ensalada desabrida pero más me espanta la idea de morir atragantado por conocimientos que jamás usaremos.
ResponderEliminarSi de algo les sirve, les comparto mi experiencia en la maestría. En los primeros meses me sentía como un gusano miserable, porque no entendía nada, las lecturas me aburrían, y los demás parecían saber mucho más que yo. "¿En qué momento [me preguntaba] yo no aprendí en la licenciatura lo que necesitaba". Dudé incluso de mi vocación sobre los asuntos públicos. Con el tiempo supe que mis compañeros estaban igual. Y un buen día una de las lecturas se me hizo tan lógica y clara que me di cuenta que por fin había aprendido el lenguaje, aún de economistas.
ResponderEliminarAunque voy a confesarles algo, la mayor parte de los conceptos bien a bien los asimilé cuando comencé a dar clases.
Sin embargo, como dice mi padre: "¿quieres ver andar? párate a descansar". Es decir, realmente se van a dar cuenta de lo que han aprendido cuando conversen con sus compañeros de licenciatura o trabajo que no se aventuraron al posgrado
:D